Seguramente todos hayamos pasado por la situación de “suspender” un examen, asignatura o curso, es algo dentro de los cánones actuales de lo que la sociedad llama “educación”.

Buscando la definición que nos da la RAE para este verbo encontramos, en una de sus acepciones, la siguiente definición: negar la aprobación de un examinado hasta nuevo examen. Traducido viene a decir que no eres apto para aquello que estás solicitando. He aquí la primera deficiencia: la catalogación. Marcar, con un simple verbo, si eres válido para la sociedad o no. La segunda resulta bastante obvia e inmediata: el hecho de que seas apto, viene a decir, simplemente, que conoces la mitad de lo requerido. Alentador cuanto menos. El corte hay que marcarlo en algún sitio, estoy de acuerdo, con lo que no consigo casar es con la idea de que con lo mínimo sea suficiente. Eso lleva a una educación mediocre, que no para mediocres.

Sin embargo el hábito hace al monje y, si nunca se nos exige, no se nos reta, no hay nadie que nos haga dar lo máximo, ¿para qué vamos a darlo en un mundo tan conformista? La respuesta es endemoniadamente simple: la sociedad te quiere así. Se nos forma en serie, en la mayor y más longeva industria de la Historia: la Escuela. En ella somos programados para pensar de una forma determinada; donde hay unos patrones de comportamiento a repetir; una corriente ideológica predefinida que nos va a adoctrinar desde el primer momento. Señoras y señores, bienvenidos al primer gran genocidio social de la Humanidad: el de nuestra creatividad. Del que todos somos, no sólo cómplices, si no partícipes. Porque podemos alzar la voz enérgicamente alegando que no es nuestro caso, mientras, en voz bajita, le preguntamos a los pequeños de nuestras casas, si han tenido buenas calificaciones en el colegio, para ver si está todo bien. En caso afirmativo, no hay más que hablar, el programa se está instalando bien en la memoria del niño.

Pero, claro, este rebaño necesita de pastores que ovejunicen al rebaño, castigando las salidas de tono con duros golpes, cuentos de temibles lobos y vejaciones públicas. Y es que ésa es la figura que hoy en día desempeñan nuestros profesores, la de vigilantes. Supervisores de una cadena de montaje cuyo único interés es el de desechar las piezas “defectuosas” que no encajen en el molde y sustituirlas por aquéllas que se adapten mejor. Donde hay patrón no manda marino, o eso dicen, en nuestro caso, el ideólogo del plan, el “ingeniero jefe” de toda la cadena productiva, es el educador: una persona, normalmente licenciada en psicológica, capaz de teorizar con tratados e hipótesis sobre la mente infantil y cómo optimizar la entrada de información y la absorción que el ganado recibe de ésta. Los que vendrían a ser los físicos teóricos de la educación. Ya quisieran ellos.

Y es que a pesar de la persecución a la que es sometida la creatividad desde que se manifiesta, como en todas las grandes tragedias, hay supervivientes. Personas orgullosas e inconformistas que no se dejan amedrentar por la etiquetación que s eles ha dado, que superan los prejuicios y adversidades sociales para demostrar que no eran ellos los que se equivocaban. Quizá el caso del señor Einstein sea el más sonado, que pasó de suspender matemáticas y que sus profesores dijeran que “no llegaría nunca a ningún sitio” a ser una de las personas más influyentes en la física moderna. Pero hay también otros: como el de Edison, al que consideraran retrasado; el de Darwin, del cual se dijera que “estaba en los estándares comunes de inteligencia”; que a Verdi no lo dejaran entrar en el conservatorio por no adoptar una postura correcta con los dedos en el piano; a Galois, padre del Álgebra, lo rechazaran dos veces desde la École Polytechnique de París al no pasar sus exámenes de acceso; el gran Da Vinci, que se enfrascaba en muchos estudios para luego abandonarlos; o el propio Unamuno, que cuyas notas en literatura dejaran mucho que desear. Todos ellos, no aptos para la sociedad que los “educaba”. ¡Ah, y grandes fracasados!

Es un tema que requiere una atención especial, por delicado del mismo y por ser la única garantía de futuro de los nuestros: mi presente, el legado que deje en herencia para los míos. Así que, ¿por qué no empezar por recuperar la figura del maestro, persona sabia y con vocación de enseñar y hacer volar a los jóvenes polluelos hasta donde la imaginación los lleve? ¿Por qué no dejamos que las personas de las que dependa el futuro sean las más preparadas en lugar de los peores de cada promoción?

Publicado en  Diario Jaén