“¿Te gusta la nueva camisa que me he comprado por diez euros?” “Mola, tío, pero, ¿cómo harán para venderlas tan baratas?” “Pues por la producción en masa y la teoría de la macroeconomía, que ahorra los costes fijos, es obvio.” “¡Claro, es verdad! Además, que las multinacionales, siempre suelen tener promociones con lo que no venden para, al menos, cubrir costes. Si quieres luego vamos y miramos los portátiles, que están en oferta.” “Perfecto, pero antes, pillemos algo rápido de comer.”

Nos gusta hacer espuma en nuestra bañera doméstica y, jugar con el unicornio de plástico mientras volvemos a contarnos ese cuento en el que somos los príncipes, aún más. Y aquí viene el problema, pues esos miles de millones de monarcas de la misma cantidad de reinos se autoalimentan de siervos con la actividad más básica del reino animal, el sometimiento del débil. Ese egoísmo primario que se antepone al colectivo en primer lugar, y que se conforma con que los haya peores que uno, en segundo. Así lleva montada la sociedad desde los albores humanos. Hoy, al sofisticar nuestras mentes, nuestro vocabulario se vuelve más refinado y nos exime de mayores responsabilidades: desarrollados, en vías de desarrollo y subdesarrollados son los eufemismos utilizados, en los cuales, apenas puede verse la sumisión que tienen los terceros a los segundos y, éstos, a los primeros. Es por eso que existen las fronteras, para evitar homogeneidad, y así, tener jabón para las pompas.

Siria es un país inventado tras la Primera Guerra Mundial, por los vencedores, Francia y Gran Bretaña, como hicieran en la Segunda con Israel, que desde entonces y, Guerra Fría mediante, lleva sumido en una crisis de identidad y, por tanto, guerra civil. En los últimos años, esta situación se vuelto insostenible debido a la entrada de la religión en el conflicto y a sus bárbaros actos, de la mano del Estado Islámico o ISIS. La gente humilde del país sigue allí, obligados a posicionarse en un bando o pasados por machete. Y son, los pudientes, pues no olvidemos que son las mafias las que controlan ese negocio de refugiados, los que pueden permitirse llegar a la frontera e intentar alcanzar un lugar mejor. Y ya puestos, ¿por qué no ir al Reino de Muy Muy Lejano, donde los sueños se hacen realidad? Pues es esta Europa, causante y hacedora de problemas, la que cuando se le piden responsabilidades, elude la pregunta, cierra fronteras y se sortea los refugiados. Es esta olvidadiza Unión, la que tiene la desvergüenza de desentenderse de las joviales trasnochadas de siglos anteriores. Lo que es más, acentúa el rechazo a los extranjeros en reuniones de exaltados miembros y aún más excitados líderes, aunados bajo símbolos del penoso siglo pasado.

Sé que estas líneas apenas llegarán a tener peso internacional, y sin embargo, no debe olvidársenos que sufrimos una guerra, también de identidad, una que perdimos. Y no hace tanto de eso. Fueron nuestros abuelos, los que, de la misma forma que esta gente huye pidiendo asilo político, lo hicieran por aquel entonces. A Francia, antes de la SGM; a Alemania durante la dictadura; a Latino América desde Galicia. Se trataba de salir, de abandonar las atrocidades y conservar la vida. Pues resulta que fuimos tratados igual, a campos de concentración, digo de refugiados (recordemos el auge de los circunloquios), que es a dónde van los indignos, los infieles, y claro, los que no tienen dinero.

Publicado en Diario Jaén