Vivimos en una sociedad incívica, que hace ya tiempo renegó de sus valores y que ahora deambula a ciegas por las caprichosas calles del destino. El pecado se volvió el pan nuestro de cada día; el flagelo la carta expiatoria que nos ata a nosotros mismos; y la hipocresía, la balanza trucada con la que nos diferenciamos de los iguales. Sin embargo, ésta no pierde las formas. Ésas que la ayudan a mantener viva la pantomima social, religiosa y económica tan bien regada con el abono de la ignorancia y que a costa de tanta sangre evoluciona. Al rey, de Su Majestad; para la suya familia, Su Alteza Real; a los cargos públicos con Su Excelentísimo Señor; tenemos también Ilustrísimos, Señorías y Excelencias; dejamos el Don, el Señor y el Usted como meras cortesías que otorga la edad y no la sangre. Respeto. Respeto ante todo. Aunque aún más, éste delante de todos.

En nuestras plazas y parques tenemos muchos jubilados. Personas mayores que ya han acabado su servicio con la sociedad y se dedican, ahora, a envejecer con tranquilidad. O así debiera ser. Porque este bendito sistema que nos rige, ya los ha catalogado de improductivos y, por tanto, de lastres que han de cargar los jóvenes. Ya sabemos lo cascarrabias que se vuelven, las monótonas batallitas que rememoran en los pocos ratos que les damos calor y lo atemporales que parecen con nuestros prepúberes Nokia 3410. Hemos sido mentalizados de que aquí no tienen lugar. Nos han hecho ver cómo el viejo se aprovecha de los copagos farmacéuticos. Se nos ha dicho que la soledad que sufren se remedia en las residencias donde pueden estar con gente de su época haciendo las cosas que más les gustan. Bonito eufemismo. Sobretodo sabiendo que hay hogares, en los que aún siguen siendo la cabeza de familia.

La memoria vaguea a la hora de recordar los logros ajenos y es selectiva con los que no nos son provechosos. Esta veterana generación, que huele a añejos libros de historia, a enfermedad y a cadenas, esta misma, se merece nuestro reconocimiento. Porque hay un derecho que no está preestablecido, que no se hereda ni se obtiene por rango. Es el derecho a gruñir, a sentarse a ver la vida pasar, a dar un paso al lado y ver qué hacen los nuevos con el mundo que sus manos forjaron. Ese anciano de boina calada por el frío que se apoya en la fuente para beber agua, merece algo más que nuestra mirada compasiva. Debajo de ese decrépito y oxidado chásis, se esconde una gran figura. Figura a la que hemos de homenajear con el respeto y la gratitud de cuando se recibe algo en lo que se ha entregado el propio ser. Pero ése no es el siglo en el que vivimos. Nosotros expropiamos, legítimamente, de sus débiles e incompetentes manos. Esperemos no nos suceda lo mismo cuando los que andemos, con la ayuda de un bastón, seamos nosotros.

¡Qué vergüenza! Somos hipócritas como bien se nos pide. Tratar a un médico de Don, no es respeto, ni llamar de usted al profesor. Respetar es conceder a alguien honores en vida por los méritos realizados, no una vez se ha ido. Y es que ya no sólo somos irrespetuosos, sino que además, ingratos. Desagradecidos con el legado recibido. Olvidadizos de los sacrificios realizados. Desleales con quiénes lo dieron todo por nuestro presente. Egoístas aún con aquéllos que nos amaron sin conocernos. No olvidemos que estos hombres y mujeres, de manos temblorosas, propensos a divagar y de refunfuñe rápido, no son sino, nuestros padres y los padres de nuestros padres. Las personas que olvidaron su nombre para poner a nuestros pies todo cuanto tuvieron. Aquéllos de donde venimos que nos ayudarán a entender quiénes somos y a dónde vamos. ¡Ay, España, ingrato país de envidiosos!

Publicado en Diario Jaén