En el año 2012, los Golden State Warriors, un equipo de resultados mediocres, se encuentra ante un dilema: apostar por su jugador franquicia en ese momento, Monta Ellis, o el base pequeñito de tobillos de cristal tan propenso a lesionarse, Stephen Curry. Apuestan por el segundo y deciden montar un equipo sin grandes estrellas, en el que cada uno aporte lo mejor de sí para que se forme algo mayor. Es el comienzo de la era “We belong!”, la más exitosa de la franquicia de San Francisco. Tres años después, consiguen el anillo de campeones, y al año siguiente son el mejor equipo de la temporada regular. La moraleja que subyace aquí pudiera ser que quien no apuesta no gana. Nada más lejos de mi intención, sigamos.

Alguna vez he dicho que somos la generación más preparada, la más capaz. Sin embargo, eso no nos hace infalibles, tenemos errores. Sin entrar en descripciones más exhaustivas al respecto, mencionaré algunas de ellas: como el consumismo que nos devora, la apatía respecto a lo que sabemos malo o el poco valor que damos a las cosas. Y aquí sí que me voy a detener. No valoramos lo que tenemos, que ¡ojo!, no tiene nada que ver con el victimismo judío o la autocompasión cristiana, no. Valorar es pensar por qué tenemos varias camisas en el armario, por qué hay comida caliente al llegar a casa o por qué podemos ir a aprender nuevas cosas si vamos a la escuela. Inmediatamente nuestro adoctrinamiento católico acude a nosotros provocándonos ese remordimiento que nos haga ir a darle un beso a nuestra madre o decirle te quiero a nuestro padre y, ya podemos seguir autoconvenciéndonos de que, tras seis meses, el iPhone 5, ya está desfasado. Ni mucho menos. Obviamente esa ropa que llena tu armario está ahí porque tu madre ha trabajado por ella. Se cae por su propio peso que la nevera está colmada porque tu padre se encarga de ello. Y hemos sido capaces de aprender, porque Mamá Estado, nos ha cuidado a todos. Ésa ha sido nuestra herencia. Pero ahora nos toca pensar qué queremos dejar a los que vienen detrás de nosotros. Qué es lo que estamos dispuestos a hacer para mejorar lo que ya tenemos. La respuesta, lamentablemente, es nada. Somos una generación que ha nacido acomodada. Que no ha tenido que luchar por lo que cree suyo, y que, ahora que tenemos que hacerlo, nos da pereza. Lo difícil, es tedioso y no merece la pena. El mañana, es lejano y voluble. El esfuerzo está sobrevalorado. Desgraciadamente, además de la más competente, también somos la generación más holgazana.

Hay lecciones en la vida que se yerran en la retina de la memoria, como dirían siglos ha, o que se marcan como favoritos en el navegador de nuestra mente, como dirían los hijos de la Informática. En mi caso una de ellas viene de mi padre. Y es la “Triple Pe”. Pe de prudencia; de no ser impulsivo; de enfriar las pasiones del corazón con la mente. Pe de paciencia; de no desesperar; de superar la inmediatez que suponen las recompensas banales y fútiles. Pe de perseverancia; de no dejarse amedrentar por circunstancias adversas; de querer luchar hasta el final y no dejarlo a medio camino. Prudencia, paciencia y perseverancia. El consejo que un padre da a su hijo deseándole lo mejor y preparándolo para lo difícil. Igual que aquel “bajito” jugador de baloncesto, no es que estuviera en el lugar y en el momento precisos, es que trabajó duro para convertir su lugar en el momento indicado.

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