En el mes de febrero pasó casi como un suspiro, como todos los años. Con veintiocho días hace que todo pase más rápido, o coges el tren o esperas al bisiesto.

Hay gente que ve el juego en solitario como la masturbación, pero en el mundo lúdico, es decir, es un sucedáneo de la experiencia completa que sería el sexo. Yo lo comparto, pero como Director de Juego, estoy más que acostumbrado tanto a explicar los juegos, como a sentarme a preparar las partidas, y sinceramente, agradezco el modo de un jugador que ofrece el Días de Ira: Budapest 1956. Me gustó mucho la manera en la que te va introduciendo las normas para que juegues, primero contra la inteligencia artificial (IA) del general Zhúkov, después hagas de guía para tus amigos en el modo cooperativo, mientras les explicas la partida, y, por último, sean ellos los que se enfrenten a ti asumiendo el rol del general soviético. Primera partida, solo, y juego muy interesante con ese toque histórico que me encanta.

En verano recibí el juego España 20: la Guerra Peninsular. Y, a pesar de querer jugar con mi padre la batalla de Bailén e insistirle en ello, no hubo suerte y no pudo ser hasta este mes que jugara una partida con un amigo recreando el escenario de Arapiles, el recomendado para empezar. Bueno, bonito y barato, estuvimos dos horas, pero contando explicación y espesura propias de los novatos. Espero que la promesa de la horita de duración se vaya acercando más conforme vayamos afilando nuestras dotes marciales.

Otro que probábamos, era el Polis: lucha por la hegemonía. Juego de enfrentamiento, para dos jugadores e histórico. Ya tienen mi interés. Sin embargo, tras leer el manual, y probar cómo funcionaban las mecánicas en casa, hicimos la primera partida. La sensación que se me quedó fue muy, muy amarga, pues me desinfló totalmente las expectativas. El juego se sintió muy denso y sin filtrar. Aún así, las diez partidas las tendrá y la esperanza es lo último que se pierde.

Tiene pinta de que, pasear por la superficie marciana, va a convertirse en un habitual en casa, y es que terraformarla se ha convertido en un reto muy divertido. Cada vez que probamos una compañía distinta, las sensaciones cambian. Esta vez la partida fue a dos, con mi compañero de piso y, aunque el juego pierde un poquito de gas, pues la mecánica del draft se resiente, las bases se mantienen. El pastel, sin guinda, sigue siendo pastel.

Otro caso más para los ayudantes de Watson & Holmes, conocidos hoy día como becarios y me reitero en lo disfrutable que es la experiencia para todos los jugadores. Esta vez fue una partida a seis jugadores, que rozaba el límite de los siete, en la que la resolución del caso estuvo disputada por tres aspirantes y la señora Hudson hizo que se decantara la partida.

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